Ninguno terminamos derecho. Éramos amigos y entramos en la Facultad juntos. En Julio estábamos de vacaciones y habíamos aprobado cuarto. A Andrés le mataron en las tapias del cementerio de su pueblo. A Tomás, que se había hecho falangista, le dieron el paseo en Madrid. Yo tuve más suerte. Me movilizaron, pero en Teruel me pasé a los leales y acabé en el puerto de Alicante. Según el cura que ha venido esta noche, el que nos dijo que a quien levantara el puño le cortarían el brazo, lo mío será a las cinco de la mañana. Le he mandado a la M.
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1.- ¡ Y le sucedió a él!. No estaba muy satisfecho de su vida, de su trabajo, ni siquiera de su familia. No veía salida a todo aquello. El trabajo mal pagado y desgradable, con horas y horas de consulta en el Centro de Salud y luego, en casa, las Compañías. Y las visitas a domicilio. Y su mujer siempre enferma, imaginaria creía él; y de eso entendía. Y los hijos, adolescentes, rebeldes, sin admitir los sacrificios que hacía por ellos. ¿Cómo podía haberse equivocado en regir su vida de tal manera? Acabada la consulta y antes de volver a casa, a escuchar las quejas de su mujer, encendió un cigarrillo. Porque, además, ¡Fumaba!.
Y entonces, la enfermera, con el gesto de repuganacia de los no fumadores cuando huelen el tabaco, le anunció un último paciente, que venía sin avisar. Y era él:
El Diablo, porque existir, existe. Venía a ofrecerle la felicidad; y no quería su alma, esa antigualla que nadie, ni él mismo, sabía bien lo que es. Solo le pedía un gesto, a modo de una firma en un contrato. Que chasqueara los dedos y, en ese momento, un chino, un chino anónimo, del que nunca sabría nada, caería fulminado, muerto.
Dudó unos segundos, muy pocos, porque siempre había atribuido sus desdichas a su ética insobornable y cuando levantaba la mano izquierda, era zurdo, juntando los dedos pulgar y medio para chasquearlos, cayó fulminado golpeándose la frente contra la carpeta de cuero que tenía encima de la mesa. Muerto.
El Diablo es ubícuo y, en China, un chino no había dudado y había chasqueado los dedos de la mano derecha, era diestro, antes que él.
2.- Como aquella hada era pejiguera y le advirtió de que solo concedía deseos en los que no hubiera ni pizca de egoismo, pensó, con astucia, que si pedía para los suyos, él quedaría incluido en los resultados. Así, con la retórica más desprendida que supo concebir, pidió que su mujer y sus hijos fueran felices; para si no quería nada.
Y nada más formular el deseo, al que el hada asintió, sonriente, con la cabeza, cayó muerto al suelo.
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